No es nada nuevo. Nos pasa a todos. Al menos a todos los que alguna vez hemos querido ser periodistas. Sentimos que es la carrera de nuestra vida, que hay algo casi místico que nos une a ella. La fuerza invisible que levanta nuestras mejillas cuando por fin vemos nuestro nombre impreso en papel no puede ser casualidad.
Es una señal. Tiene que ser una señal.
Sabemos que lo que dicen las películas es mentira, que fantasean con el trabajo real de un periodista hasta desvirtuarlo. Lo sabemos de sobra, y sin embargo cuando alguien nos pregunta por qué queremos hacer esa carrera Lois Lane se aparece en nuestra imaginación como un fantasma maldito. Lois y el caso Watergate, al menos hasta que nos enteramos de que no fue de verdad periodismo de investigación.
Haces tus primeras prácticas. Te explotan. Bueno, la gente dice que te explotan, y tú les das la razón, pero en el fondo de tu alma no te sientes explotado. Estás feliz. Porque tu nombre sale impreso en papel de bocadillo de mendigo o tu voz suena en la radio. Te relames al pensar que todavía te queda por probar la tele. Tienes hambre, hambre de historias. Pero te están explotando, que no se te olvide.
Vas pasando cursos y más cursos. Ya estás en quinto. Aún recuerdas la duda que te corroía al entrar en primero. «¿Será esto para mí? ¿Y si no valgo? ¿Y si no es lo mío?». A estas alturas ya has descubierto que el talento natural no es un requisito sino un accesorio del periodista. Y sin embargo te sigues preguntando si podrás, si valdrás, si al segundo día de estar en tu primer trabajo no te echarán a la calle mientras te gritan, delante de toda la oficina, que eres un inútil integral y que nunca debieron dejarte salir de la facultad.
A estas alturas también sabes que en la facultad sólo se aprende un 10% de lo que es el Periodismo de verdad, pero aún así estás convencido de que en el fondo es culpa tuya, que no has aprovechado el tiempo, que se te ha pasado algo.
Y llegas a ese punto donde aún no has solucionado tus dudas pasadas y ya tienes mil dudas nuevas. Porque terminas, porque ya no tienes dieciocho años. Y piensas en hacer un máster, un posgrado, una tesis. Y piensas en buscarte la vida y ser independiente. En marcharte de casa, lejos muy lejos, y volar allá donde no ha volado nadie y escribir una buena historia. Porque el Periodismo se trata de historias, pequeñas historias que ocupan la portada por un día. O dos.
Yo estoy en ese punto. Me licencio dentro de seis meses y no sé nada de una profesión que, estoy convencida, bien aprendida tiene que ser increíble. No sé cosas que debería saber, pero tampoco nunca nadie me las ha enseñado. Miro con envidia las facultades más allá de la península, pero en el fondo de mi alma una vocecita me dice que es igual en todas partes. Ya no se trata de escuchar a los demás o escucharme a mí, sino de decidir cuál de las voces que se alzan en mi interior tiene razón.
Si tal vez debería marcharme.
O si tal vez nunca debí meterme en esto.
Ya veremos. Quedarme no es una opción.
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