No lo soporto. El mundo de la literatura está lleno de pretenciosos y no lo soporto. Cuando uno ama algo, lo ama y punto. No tiene que justificarlo, justificarlo hace que el amor pierda su esencia.
A mí me gustan los libros. Todavía no hemos llegado a algo serio, pero hemos tenido nuestros buenos momentos en la cama. No hay cosa que me guste más que leer cuando todo el mundo se ha acostado, a la tenue y seductora luz de la mesilla de noche, él y yo solos, prácticamente cubiertos por las sábanas de flores amarillas. Eso, eso es amor, del bueno.
Sin embargo, cuando la gente me pregunta lo que siento por él nunca sé contestar. El modo pedante se activa y sólo me salen lugares comunes, absurdos y vacíos. Ni rastro de la pasión que la noche anterior me mantuvo despierta toda la madrugada. Parecemos un matrimonio de conveniencia, viejo y aburrido. Yo con mis perlas y mi traje de chaqueta beige, él con su puro y su copa de coñac. Recibimos a nuestros nietos en el porche y la criada sirve té con pastas.
Siempre lo mejor viene cuando nos quedamos a solas y estamos desnudos. Completamente desnudos. De repente no necesito un corsé para mis pechos arrugados, ni mis perlas me embellecen: es más, me afean. Él me quiere sin nada, con los ojos cerrados mientras repasa mi cuerpo con la yema de sus dedos. Entonces volvemos a ser jóvenes. Volvemos a tener doce años (sí, doce, qué pasa), y revivimos la noche en que nos conocimos, a oscuras en una habitación, con la única luz de una linterna que recorría una a una las líneas de su camiseta. El deseo era entonces emoción contenida, un brillo travieso en la mirada, y unas manos que no se atrevían casi a tocar las páginas por las que surcaba la Hispaniola.
Con la edad las manos ya van tocando. Recibir su cálido aliento sobre mis mejillas ya no es suficiente. Necesito amarle yo también. Me gustaría decir que recuerdo el primer beso, pero no es así. Se ha perdido en la memoria, entre tantos que vinieron después. Recuerdo el primero que me hizo vibrar, el que me hizo tener miedo, y también el que me hizo dudar pero, ¿el primero de todos? Imposible. Fue vergonzoso, huidizo, fugaz, tímido. Igual podría haber sido en la casa de la playa, en verano, que en el cuarto donde solíamos jugar en invierno.
Crece pronto la lascivia cuando tu amante es un libro. No bastan los besos, se desea más. Mucho más. Y el lápiz se mueve frenético sobre el papel. Ni siquiera quiere relatos cortos, ni siquiera piensa en ellos. Va directo a por la novela. Los preliminares son para quien no sabe lo que quiere y nosotros lo sabíamos, ¡vaya si lo sabíamos! Y lo conseguimos. Breve y ridículo, pero culminamos nuestra pequeña obra, con más barcos y más piratas. Aún no lo sabíamos, pero estábamos condenados a volver una y otra vez al lugar donde nos conocimos.
La pasión tiene la virtud de apaciguarse con el tiempo sin apagarse. Cuando se consume sencillamente deja de ser pasión, pero mientras, mientras arde, el viento juega con sus llamas como con las olas. Llegamos a los veinte intentando ser exquisitos, divinos, hermosos. Queríamos que nuestro amor resplandeciera sobre los demás y yacer, lánguidos y pálidos, en el diván de la eterna juventud. Los torpes intentos de amarnos eran sublimes a nuestros ojos. No fue hasta entrada la veintena que conocimos la vergüenza en el espejo.
Estábamos cansados de tener las luces apagadas y, al encenderlas, no nos gustó lo que vimos. Enredados en sábanas y ropa, apenas distiguía sus ojos ni mis propias manos. ¿Cómo amarle sin verle, sin conocerme a mí? Con las luces encendidas nos fuimos desnunando poco a poco, tan despacio que todavía no hemos terminado.
Cada vez que rozo su piel, su piel limpia y suave, me estremezco. Aunque rara vez ocurre, son tantas las capas que cubren su cuerpo. Deseo ahora verle, más que nunca, y llegar a ese momento magnífico en que le tenga desnudo frente a mí, yo desnuda frente a él, acariciándome la piel con la yema de sus dedos, jóvenes y hermosos, puros y libres.
Mientras que llega ese momento, escribo en un cutreblog, sin esperar nada, ni siquiera lectores (recordemos que los lectores jodieron mi viejo experimento), rabiando cada vez que veo a un imbécil pretencioso decir que escribe desde los seis años, que no salía con los amigos para quedarse en casa escribiendo, o que la literatura es una catarsis para su alma. Capullo integral. Escribo desde los once, he salido y me he cogido cada cogorza con mis amigos que no sé si debería estar orgullosa o avergonzada, y leo por diversión. Punto pelota.
La literatura no me escogió a mí. No soy una elegida. Yo la elegí a ella como entretenimiento, como alimento para mis ratos de ocio, como amante. Cuando me case con ella, habremos terminado.
Etiquetas
- Amigo Troll (1)
- Bienvenida (2)
- El Tesoro de Isla Carolina (1)
- Gilipolleces de un joven escritor (2)
- Mundo Blogger (1)