La esperanza, esa perra infame. Cuando crees que estás llegando a alguna parte y te ves de repente en el punto de partida.
La paciencia, esa virtud inútil. Porque la espera sólo alarga el deseo insatisfecho y lo convierte en ira.
La empatía, ese vicio unidireccional. En el momento en que comprendes el verdadero alcance de la soledad.
La soledad, esa palabra gastada. Que suena a hueco, a vacío, a pérdida y a falta de autoestima en labios ajenos pero que sabe a veneno en tu boca.
La resignación, ese final inevitable. Una forma de decir derrota sin sonar a perdedor.
La verdad, esa mentira sobrevalorada. Cuando lo único que deseas decir es lo único que debes callar y te muerde en el alma.
La locura.
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