7 pecados capitales

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La esperanza, esa perra infame. Cuando crees que estás llegando a alguna parte y te ves de repente en el punto de partida.

La paciencia, esa virtud inútil. Porque la espera sólo alarga el deseo insatisfecho y lo convierte en ira.

La empatía, ese vicio unidireccional. En el momento en que comprendes el verdadero alcance de la soledad.

La soledad, esa palabra gastada. Que suena a hueco, a vacío, a pérdida y a falta de autoestima en labios ajenos pero que sabe a veneno en tu boca.

La resignación, ese final inevitable. Una forma de decir derrota sin sonar a perdedor.

La verdad, esa mentira sobrevalorada. Cuando lo único que deseas decir es lo único que debes callar y te muerde en el alma.

La locura.

Héroes

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Héroes. Es difícil construir un héroe. Un buen héroe, de esos que no dan vergüenza ajena. De esos que pueden estar atravesando un volcán a punto de entrar en erupción sobre un puente de madera y, aún así, podemos empatizar con ellos. Porque no se trata de la aventura. La aventura no tiene valor, es el corazón del héroe.

¿Quién no ha amado a un héroe alguna vez? En el silencio irreal de los amores de ficción, pero amor al fin y al cabo. Un amor intangible, irrealizable, de mentira, pero no por ello menos real. Amamos amar de mentira, porque gran parte de amar es soñar. Soñar cosas que son mentira.

Pero los héroes son de verdad. Los héroes existen, no sólo en nuestra imaginación. Es fácil distinguir a un héroe de alguien que no lo es. Tienen algo, un halo invisible pero que aún así podemos percibir cuando estamos a su lado. Es esa persona sencilla, valiente, honesta y honrada. Es ese paria social que, sin embargo, es hechizante, carismático. Nunca reconoceremos nuestra atracción por el héroe mientras que no demuestre, con hechos, su verdadera naturaleza. Hasta entonces evitaremos su presencia, porque el héroe es hornado y valiente, es sincero y humilde, es franco y con una sonrisa que le nace del corazón.

Pero los héroes rara vez tienen más de tres amigos. Porque donde el héroe se revela es en la batalla, consigo mismo y contra las circunstancias. La batalla solitaria, donde los amigos juegan un papel secundario, deben jugar un papel secundario, para que el héroe se reconozca ante sí mismo y pueda mostrarse al mundo.

Ahí culmina su evolución, su camino. Otras aventuras vendrán para el héroe, pero las afrontará desde su nueva posición. Ya no se batirá en duelo con las sombras desde la oscuridad, ahora sabe que tiene al valor como escudo y la invencible luz del destino brillando sobre su cabeza. Es en aquella primera aventura solitaria, cuando la gran masa gris despreciaba el potencial de aquel ser minúsculo, donde podemos encontrar el verdadero significado del Héroe. Lo demás, lo demás es historia minúscula. Anecdotario.

Hoy pienso en héroes pensando en Emma. Un personaje minúsculo, en el aún más minúsculo mundo de mi literatura. Emma es una paria social, destinada por su propia naturaleza de marginada a ser una heroína, una chica sencilla, valiente y sincera. Pero Emma no será de aquellos héroes que se lanzan a su destino. No, Emma renegará de él. Intentará evitarlo. Y Emma será orgullosa y altiva, un orgullo que nace de la humillación constante, silenciosa y prolongada. Un orgullo nacido de la sombra que será el verdadero motor de su valentía.

Hoy quería hablar de héroes. De las fases de los héroes. De cómo un simple personaje tiene que convertirse primero en héroe a los ojos de su escritor para poder hacerlo a los ojos de los lectores. Sin embargo, es un proceso largo y duro, áspero, solitario.

Hasta entonces, Emma permanecerá en mi cabeza (y en mi portátil), aguardando el momento de emerger, ante los ojos del mundo, como el Héroe que, en realidad, todos llevamos dentro.

Nadie te ha preguntado

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No lo soporto. El mundo de la literatura está lleno de pretenciosos y no lo soporto. Cuando uno ama algo, lo ama y punto. No tiene que justificarlo, justificarlo hace que el amor pierda su esencia.

A mí me gustan los libros. Todavía no hemos llegado a algo serio, pero hemos tenido nuestros buenos momentos en la cama. No hay cosa que me guste más que leer cuando todo el mundo se ha acostado, a la tenue y seductora luz de la mesilla de noche, él y yo solos, prácticamente cubiertos por las sábanas de flores amarillas. Eso, eso es amor, del bueno.

Sin embargo, cuando la gente me pregunta lo que siento por él nunca sé contestar. El modo pedante se activa y sólo me salen lugares comunes, absurdos y vacíos. Ni rastro de la pasión que la noche anterior me mantuvo despierta toda la madrugada. Parecemos un matrimonio de conveniencia, viejo y aburrido. Yo con mis perlas y mi traje de chaqueta beige, él con su puro y su copa de coñac. Recibimos a nuestros nietos en el porche y la criada sirve té con pastas.

Siempre lo mejor viene cuando nos quedamos a solas y estamos desnudos. Completamente desnudos. De repente no necesito un corsé para mis pechos arrugados, ni mis perlas me embellecen: es más, me afean. Él me quiere sin nada, con los ojos cerrados mientras repasa mi cuerpo con la yema de sus dedos. Entonces volvemos a ser jóvenes. Volvemos a tener doce años (sí, doce, qué pasa), y revivimos la noche en que nos conocimos, a oscuras en una habitación, con la única luz de una linterna que recorría una a una las líneas de su camiseta. El deseo era entonces emoción contenida, un brillo travieso en la mirada, y unas manos que no se atrevían casi a tocar las páginas por las que surcaba la Hispaniola.

Con la edad las manos ya van tocando. Recibir su cálido aliento sobre mis mejillas ya no es suficiente. Necesito amarle yo también. Me gustaría decir que recuerdo el primer beso, pero no es así. Se ha perdido en la memoria, entre tantos que vinieron después. Recuerdo el primero que me hizo vibrar, el que me hizo tener miedo, y también el que me hizo dudar pero, ¿el primero de todos? Imposible. Fue vergonzoso, huidizo, fugaz, tímido. Igual podría haber sido en la casa de la playa, en verano, que en el cuarto donde solíamos jugar en invierno.

Crece pronto la lascivia cuando tu amante es un libro. No bastan los besos, se desea más. Mucho más. Y el lápiz se mueve frenético sobre el papel. Ni siquiera quiere relatos cortos, ni siquiera piensa en ellos. Va directo a por la novela. Los preliminares son para quien no sabe lo que quiere y nosotros lo sabíamos, ¡vaya si lo sabíamos! Y lo conseguimos. Breve y ridículo, pero culminamos nuestra pequeña obra, con más barcos y más piratas. Aún no lo sabíamos, pero estábamos condenados a volver una y otra vez al lugar donde nos conocimos.

La pasión tiene la virtud de apaciguarse con el tiempo sin apagarse. Cuando se consume sencillamente deja de ser pasión, pero mientras, mientras arde, el viento juega con sus llamas como con las olas. Llegamos a los veinte intentando ser exquisitos, divinos, hermosos. Queríamos que nuestro amor resplandeciera sobre los demás y yacer, lánguidos y pálidos, en el diván de la eterna juventud. Los torpes intentos de amarnos eran sublimes a nuestros ojos. No fue hasta entrada la veintena que conocimos la vergüenza en el espejo.

Estábamos cansados de tener las luces apagadas y, al encenderlas, no nos gustó lo que vimos. Enredados en sábanas y ropa, apenas distiguía sus ojos ni mis propias manos. ¿Cómo amarle sin verle, sin conocerme a mí? Con las luces encendidas nos fuimos desnunando poco a poco, tan despacio que todavía no hemos terminado.

Cada vez que rozo su piel, su piel limpia y suave, me estremezco. Aunque rara vez ocurre, son tantas las capas que cubren su cuerpo. Deseo ahora verle, más que nunca, y llegar a ese momento magnífico en que le tenga desnudo frente a mí, yo desnuda frente a él, acariciándome la piel con la yema de sus dedos, jóvenes y hermosos, puros y libres.

Mientras que llega ese momento, escribo en un cutreblog, sin esperar nada, ni siquiera lectores (recordemos que los lectores jodieron mi viejo experimento), rabiando cada vez que veo a un imbécil pretencioso decir que escribe desde los seis años, que no salía con los amigos para quedarse en casa escribiendo, o que la literatura es una catarsis para su alma. Capullo integral. Escribo desde los once, he salido y me he cogido cada cogorza con mis amigos que no sé si debería estar orgullosa o avergonzada, y leo por diversión. Punto pelota.

La literatura no me escogió a mí. No soy una elegida. Yo la elegí a ella como entretenimiento, como alimento para mis ratos de ocio, como amante. Cuando me case con ella, habremos terminado.

Un blog de vuelta

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Cada día se crea un blog nuevo en internet. Blogs que nadie lee, perdidos en el espacio infinito de la red. Nunca he podido evitar pensar que sus autores son pardillos cibernéticos a los que ni siquiera sus amigos imaginarios echan cuenta. Eso es muy triste.

Sostengo la teoría de que un blogger suele ser una persona con un gran ego insuficientemente alimentado. Personas que en un momento dado se sienten solas, con ganas de expresar lo que sienten pero sin ser capaces de hacerlo donde deberían. Internet es el refugio ideal para los cobardes como yo.

Yo antes tenía un blog, uno con muchos lectores. Y a cara descubierta. Todo el mundo sabía quién era yo, y cada palabra que salía de mi teclado era atribuida a mi boca por cuantos me conocían. Incluso tuve lectores anónimos que llegaron a ser buenos amigos. Sin embargo, a medida que la gente se aficionaba a lo que escribía allí, escribir dejó de ser divertido. Ya no podía expresarme con sinceridad por miedo a que alguien se sintiese ofendido. A veces con razón, a veces sin ella.

Escribir un blog es un gran desahogo. Es como gritarle al vacío, solo que el vacío te responde y te da la razón. Nadie comenta para llevar la contraria, y si lo hace es engullido por los demás comentaristas afines. Un lujo.

No es, como muchos creen, escribir un diario público. En mi diario cuento cosas mucho más personales de las que jamás conté en mi difunto blog. En el blog procuraba hacer chistes porque me gustaba hacer reír a mis lectores. Me encantaban los comentarios tipo "qué buena eres" o, mejor aún, los de "pero qué mala eres". Me gustaba sentirme cruel, irónica, sarcástica, la reina, la Queen Bee de una fiesta imaginaria.

Los comentarios de mis lectores eran la corte de acólitos que nunca tuve. Incluso a los pesados que más que leer acosaban, incluso a esos los quería. Los adoraba porque me adoraban.

No hace falta ser un genio para ver la necesidad de reconocimiento bajo estas letras. Cuando no eres nadie, ser alguien en alguna parcela, por pequeña que sea, es agradable.

Podría decir que este es un blog de bloggers. Desde la serenidad que da haber pasado por la experiencia blog, haberla quemado y haber sobrevivido. Un blog de vuelta después de un controvertido blog de ida.

Un blog sin fotos, sin negritas. Sin enlaces. Un blog sin amigos de compromiso. Sin tener que morderme la lengua, sin censurar mis comentarios más mordaces.

Compartir mis pensamientos a través de mis palabras. Seas cuales sean esos pensamientos. Sean cuales sean esas palabras. Sin tener que poner foto para conseguir lectores. Sin importarme un carajo que aparezca un troll mañana a decirme que soy una triste de la vida. Amigo troll, eso ya lo sé yo.

Una escritora sin rumbo, sin pasión. Una periodista sin licencia para ejercer, sin curiosidad. Una triste de la vida que como no escriba aquí lo que piensa le va a reventar la cabeza.

Pequeñas grandes dudas de ayer, hoy y siempre

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No es nada nuevo. Nos pasa a todos. Al menos a todos los que alguna vez hemos querido ser periodistas. Sentimos que es la carrera de nuestra vida, que hay algo casi místico que nos une a ella. La fuerza invisible que levanta nuestras mejillas cuando por fin vemos nuestro nombre impreso en papel no puede ser casualidad.

Es una señal. Tiene que ser una señal.

Sabemos que lo que dicen las películas es mentira, que fantasean con el trabajo real de un periodista hasta desvirtuarlo. Lo sabemos de sobra, y sin embargo cuando alguien nos pregunta por qué queremos hacer esa carrera Lois Lane se aparece en nuestra imaginación como un fantasma maldito. Lois y el caso Watergate, al menos hasta que nos enteramos de que no fue de verdad periodismo de investigación.

Haces tus primeras prácticas. Te explotan. Bueno, la gente dice que te explotan, y tú les das la razón, pero en el fondo de tu alma no te sientes explotado. Estás feliz. Porque tu nombre sale impreso en papel de bocadillo de mendigo o tu voz suena en la radio. Te relames al pensar que todavía te queda por probar la tele. Tienes hambre, hambre de historias. Pero te están explotando, que no se te olvide.

Vas pasando cursos y más cursos. Ya estás en quinto. Aún recuerdas la duda que te corroía al entrar en primero. «¿Será esto para mí? ¿Y si no valgo? ¿Y si no es lo mío?». A estas alturas ya has descubierto que el talento natural no es un requisito sino un accesorio del periodista. Y sin embargo te sigues preguntando si podrás, si valdrás, si al segundo día de estar en tu primer trabajo no te echarán a la calle mientras te gritan, delante de toda la oficina, que eres un inútil integral y que nunca debieron dejarte salir de la facultad.

A estas alturas también sabes que en la facultad sólo se aprende un 10% de lo que es el Periodismo de verdad, pero aún así estás convencido de que en el fondo es culpa tuya, que no has aprovechado el tiempo, que se te ha pasado algo.

Y llegas a ese punto donde aún no has solucionado tus dudas pasadas y ya tienes mil dudas nuevas. Porque terminas, porque ya no tienes dieciocho años. Y piensas en hacer un máster, un posgrado, una tesis. Y piensas en buscarte la vida y ser independiente. En marcharte de casa, lejos muy lejos, y volar allá donde no ha volado nadie y escribir una buena historia. Porque el Periodismo se trata de historias, pequeñas historias que ocupan la portada por un día. O dos.

Yo estoy en ese punto. Me licencio dentro de seis meses y no sé nada de una profesión que, estoy convencida, bien aprendida tiene que ser increíble. No sé cosas que debería saber, pero tampoco nunca nadie me las ha enseñado. Miro con envidia las facultades más allá de la península, pero en el fondo de mi alma una vocecita me dice que es igual en todas partes. Ya no se trata de escuchar a los demás o escucharme a mí, sino de decidir cuál de las voces que se alzan en mi interior tiene razón.

Si tal vez debería marcharme.

O si tal vez nunca debí meterme en esto.

Ya veremos. Quedarme no es una opción.